Hace unos días, mientras observaba a una de mis perras mayores, me hice una pregunta que seguramente muchas personas se han planteado alguna vez.
Cada vez quiere pasear menos. A veces le cuesta incorporarse porque las patas traseras ya no responden como antes. Cuando intento acariciarla, en ocasiones se aparta. Sin embargo, todavía hay algo que consigue despertar toda su ilusión: la hora de comer.
Entonces me pregunté:
¿Puede un perro estar deprimido?
La depresión en perros no es igual que en las personas
Los veterinarios y los especialistas en comportamiento animal reconocen que algunos perros pueden desarrollar estados emocionales compatibles con un síndrome depresivo.
Sin embargo, no podemos saber si un perro experimenta la depresión exactamente igual que un ser humano.
Por eso los profesionales prefieren hablar de conductas compatibles con un estado depresivo, siempre después de descartar enfermedades físicas que puedan explicar esos cambios.
Y esto es muy importante.
Porque un perro que deja de pasear, duerme más o evita el contacto no siempre está triste.
Muchas veces simplemente tiene dolor.
Los síntomas que pueden hacernos sospechar
Cuando un perro presenta un estado depresivo suelen aparecer varios cambios al mismo tiempo.
Puede perder el interés por actividades que antes disfrutaba, como pasear, jugar o relacionarse con otros perros.
Puede dormir más de lo habitual o permanecer largos periodos inmóvil.
Algunos buscan el aislamiento.
Otros dejan de responder cuando los llamamos.
También puede disminuir el apetito, mostrarse menos curioso, evitar el contacto físico o reaccionar con indiferencia ante estímulos que antes despertaban su entusiasmo.
Lo importante no es un síntoma aislado.
Lo importante es el conjunto.
No todo es depresión
En los perros mayores existe un riesgo muy frecuente: interpretar como tristeza lo que en realidad es una enfermedad.
La artrosis produce dolor.
Las enfermedades de la columna dificultan el movimiento.
La pérdida de visión o de audición modifica la relación con el entorno.
El síndrome de disfunción cognitiva, parecido a algunas formas de demencia en las personas mayores, puede provocar desorientación, cambios en el sueño y alteraciones del comportamiento.
Incluso un problema hormonal, una infección o determinados medicamentos pueden hacer que un perro parezca deprimido.
Por eso nunca deberíamos sacar conclusiones precipitadas.
También existe el duelo
Hay situaciones en las que sí observamos cambios emocionales muy claros.
Tras la muerte de un compañero animal.
Después del fallecimiento de una persona con la que convivía.
Cuando cambia bruscamente de hogar.
Tras una estancia prolongada en un refugio.
O cuando desaparecen de repente sus rutinas.
Los perros establecen vínculos muy profundos y esos cambios pueden afectarles durante semanas o incluso meses.
¿Qué podemos hacer?
Lo primero es acudir al veterinario para descartar dolor o enfermedades.
Después conviene revisar su calidad de vida.
¿Puede seguir haciendo cosas que le gustan?
¿Necesita paseos más cortos?
¿Le cuesta levantarse?
¿Duerme bien?
¿Está bien hidratado?
¿Sigue disfrutando de la comida?
¿Responde cuando oye una voz conocida?
En ocasiones pequeños cambios en el tratamiento del dolor, en el ejercicio o en la rutina consiguen que un perro vuelva a mostrar interés por el mundo que le rodea.
Observar con atención
Convivir con un perro significa aprender a leer un lenguaje que nunca utiliza palabras.
Ellos nos hablan con la forma de caminar, con la mirada, con el apetito, con el sueño y con pequeños cambios que a veces pasan desapercibidos.
No siempre es fácil saber si un perro está triste, si tiene miedo o si simplemente le duele algo.
Pero observar esos cambios y pedir ayuda cuando aparecen es una de las mayores muestras de cariño que podemos ofrecerles.
La experiencia nos ha enseñado…
A veces pensamos que un perro feliz es el que corre, juega y mueve constantemente la cola.
Sin embargo, la felicidad cambia con la edad.
Un perro joven puede disfrutar persiguiendo una pelota.
Un perro anciano quizá encuentre su mayor placer en dormir al sol, caminar despacio unos minutos o emocionarse cuando escucha abrir el saco de pienso.
No todos los silencios son tristeza.
No toda la apatía es depresión.
Y precisamente por eso, antes de poner nombre a lo que sentimos que les ocurre, merece la pena mirar con calma, escuchar a los profesionales y recordar que, incluso en la vejez, una vida puede seguir estando llena de pequeños momentos de bienestar.

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