«¿Y si le pasa algo?» Cuando el tutor no consigue dejar de preocuparse

Golden retriever sitting as two people exchange its leash outdoors.

Como cuidadora de animales he conocido muchos tipos de familias.

Hay quienes entregan la correa, dan un beso a su perro y se marchan tranquilos.

Hay quienes preguntan cómo ha ido el día.

Y hay un tercer grupo, probablemente uno de los más difíciles de gestionar tanto para ellos como para quienes cuidamos de sus animales.

Son esos tutores que nunca dejan de estar en alerta.

No porque desconfíen de una persona en concreto.

Sino porque sienten que nadie podrá cuidar de su perro o de su gato exactamente como ellos.

La mirada del tutor

Si pudiera ponerme en su lugar, probablemente pensaría algo parecido a esto:

«Nadie conoce a mi perro como yo.»

«Yo sé cuándo está incómodo aunque nadie más lo note.»

«Si hoy no ha querido desayunar del todo, seguro que significa algo.»

«¿Y si esta noche duerme peor?»

«¿Y si no le entienden cuando hace ese gesto?»

«¿Y si creen que exagero?»

Entonces aparecen las listas.

«No le gusta beber en ese cuenco.»

«Si bosteza dos veces seguidas, suele tener calor.»

«Le gusta dormir con la manta doblada.»

«No le pongas la comida demasiado fría.»

«Cuando pasea, prefiere ir por la izquierda.»

«Si hace esto, llámame.»

Y después llegan los mensajes.

«¿Ha comido?»

«¿Ha hecho pis?»

«¿Está contento?»

«¿Puedes mandarme una foto?»

«Creo que en la foto tiene cara de cansado…»

No siempre es desconfianza.

Muchas veces es miedo.

El miedo de quien lleva años cuidando de un ser al que conoce mejor que a nadie.

La mirada del cuidador

Ahora permitidme cambiar de lado.

Porque también existe la otra realidad.

La del profesional o cuidador que recibe toda esa información con el mayor cariño posible.

Que escucha.

Que toma notas.

Que pregunta.

Que intenta respetar las costumbres del animal.

Pero que también necesita un pequeño margen para observar por sí mismo.

Porque cada animal puede comportarse de manera diferente en un entorno nuevo.

Porque un perro puede hacer conmigo cosas que nunca hace en casa.

Porque un gato puede mostrar una personalidad completamente distinta cuando desaparece el estrés cotidiano.

Y porque cuidar también consiste en mirar con ojos nuevos.

A veces sucede algo curioso.

El tutor me dice:

—Nunca se acerca a desconocidos.

Y diez minutos después el perro está tumbado a mis pies.

O me dicen:

—Jamás juega con otros perros.

Y esa misma tarde está corriendo feliz con uno compatible.

O al contrario.

Me aseguran que duerme profundamente toda la noche y descubro que aquí necesita levantarse varias veces porque echa de menos a su familia.

Ninguna de las dos observaciones invalida a la otra.

Simplemente pertenecen a contextos diferentes.

Cuando contar lo que observamos genera inquietud

Hay algo que ocurre con frecuencia.

El cuidador comenta una observación con toda la buena intención del mundo.

«He visto que hoy caminaba un poco más despacio.»

«Parece que le cuesta subir ese escalón.»

«Creo que está algo incómodo con…»

Y, casi sin querer, el tutor siente una punzada.

Algunas personas agradecen muchísimo esa información.

Otras se preocupan más.

Incluso puede parecer que se molestan.

No porque el cuidador haya hecho algo mal.

Sino porque escuchar algo nuevo sobre el animal que más quieren despierta inmediatamente una pregunta:

«¿Cómo no me había dado cuenta yo?»

O peor todavía:

«¿Y si le está pasando algo serio?»

Lo que ayuda a ambos

Con los años he aprendido que el equilibrio suele estar en un punto intermedio.

Como tutores, es maravilloso conocer a nuestros animales al detalle.

Pero también conviene aceptar que, durante unas horas o unos días, otra persona puede descubrir facetas nuevas.

Eso no disminuye nuestro vínculo.

Al contrario.

Enriquece el conocimiento que tenemos sobre ellos.

Y como cuidadores, también debemos recordar que detrás de cada lista de indicaciones suele haber una historia de amor.

No conviene responder con impaciencia.

Es mejor escuchar, filtrar lo importante y transmitir tranquilidad.

Porque quien deja a su perro o a su gato al cuidado de otra persona no solo entrega un animal.

Entrega una parte muy importante de su vida.

La confianza también se cuida

Con el tiempo ocurre algo muy bonito.

Los mensajes disminuyen.

Las listas se acortan.

Las despedidas duran menos.

Y las recogidas empiezan con una sonrisa en lugar de con una preocupación.

No porque el tutor quiera menos a su animal.

Sino porque ha descubierto que querer también significa confiar.

Y esa confianza, igual que ocurre con los perros y los gatos, no se exige.

Se gana, día a día, con pequeños gestos, honestidad y mucho respeto.

Deja un comentario