En Patas Bien Cuidadas creemos que un gato nunca debe ser etiquetado como «especial», «difícil» o «caprichoso» sin intentar comprender antes qué está ocurriendo realmente.
La mayoría de los problemas de comportamiento tienen una explicación biológica, médica o emocional. En muchas ocasiones, las tres aparecen al mismo tiempo.
Hoy queremos analizar un caso real que ilustra perfectamente la importancia de observar antes de interpretar.
El caso
Llega a nuestra casa un gato persa joven para permanecer con nosotros diez días.
Conocemos varios antecedentes importantes:
- presenta falta de apetito desde hace tiempo;
- recibe mirtazapina transdérmica en la oreja como estimulante del apetito;
- tuvo una enfermedad previa de la vesícula biliar;
- padece artrosis;
- bebe poca agua;
- durante el día permanece prácticamente inmóvil;
- come únicamente pequeñas cantidades;
- apenas utiliza el arenero durante las horas diurnas;
- por la noche cambia completamente: se activa, pasea, explora, maúlla intensamente e incluso bufa en algunos momentos.
Además, aunque en la vivienda viven otras gatas, permanece aislado en una habitación amplia para evitar conflictos.
¿Cómo debe interpretarse esta situación?
La respuesta, desde la etología moderna, es clara:
No debemos empezar preguntándonos por su comportamiento. Debemos empezar preguntándonos por su salud.
Primer principio de la etología clínica: el comportamiento es un signo clínico
Durante muchos años se separó la medicina veterinaria de la etología.
Hoy sabemos que esa separación era artificial.
La conducta constituye uno de los indicadores más sensibles del estado de salud de un animal.
Un gato que deja de comer, duerme más de lo habitual o modifica sus horarios puede estar expresando dolor, inflamación, náuseas, miedo o una combinación de todos ellos.
Por eso, el primer paso nunca consiste en intentar modificar su conducta.
Consiste en comprender qué la está originando.
Paso 1. Descartar enfermedad antes que comportamiento
Ante un gato que come poco, el razonamiento clínico debería seguir un orden.
¿Existe dolor?
El dolor es una de las causas más frecuentes de disminución del apetito en los gatos.
Y, paradójicamente, también una de las más infradiagnosticadas.
Los gatos rara vez lloran de dolor.
Simplemente:
- dejan de saltar;
- se mueven menos;
- descansan durante más tiempo;
- se muestran irritables;
- comen menos;
- interactúan menos.
En este caso conocemos un dato importante:
el gato padece artrosis.
La artrosis felina produce mucho más que dificultad para caminar.
Produce:
- fatiga;
- alteraciones del sueño;
- pérdida de apetito;
- disminución de la actividad;
- irritabilidad;
- cambios de comportamiento.
En muchas ocasiones el tutor únicamente aprecia que «el gato se está haciendo mayor», cuando en realidad está sufriendo dolor crónico.
Paso 2. ¿Existe una enfermedad digestiva activa?
Sabemos que este gato tuvo problemas de la vesícula biliar.
Las enfermedades hepatobiliares pueden dejar secuelas o presentar recaídas.
Cuando un gato tiene náuseas no siempre vomita.
De hecho, es frecuente observar un comportamiento muy característico.
Se acerca al comedero.
Huele la comida.
Da uno o dos bocados.
Se aleja.
Vuelve minutos después.
Repite el proceso.
Muchos tutores interpretan que el gato «es muy exquisito».
En realidad, podría estar intentando comer mientras lucha contra la sensación de náusea.
La mirtazapina ayuda aumentando el apetito, pero no elimina la causa que está provocando esa inapetencia.
Paso 3. Analizar la hidratación
Muchos gatos beben poco por naturaleza.
Sin embargo, cuando además comen poco, el riesgo de deshidratación aumenta.
La disminución de la ingesta de agua puede provocar:
- orinas más concentradas;
- estreñimiento;
- mayor malestar digestivo;
- empeoramiento del estado general.
El resultado es un círculo difícil de romper.
Menos agua.
Menos comida.
Más estreñimiento.
Más dolor.
Menos apetito.
Paso 4. Comprender el efecto del cambio de territorio
Aquí entra en juego la etología.
El traslado a un domicilio desconocido supone un acontecimiento importante para cualquier gato.
Incluso cuando la habitación es amplia, silenciosa y confortable.
Los gatos no perciben el territorio únicamente por lo que ven.
Lo hacen mediante un complejo mapa olfativo.
Cada rincón contiene información.
Cada olor les habla de quién vive allí.
Cuando llegan a una casa nueva desaparecen todas esas referencias.
Durante las primeras horas o días muchos gatos permanecen en un estado de vigilancia constante.
Eso explica que:
- duerman poco profundamente;
- permanezcan inmóviles;
- exploren muy poco;
- coman menos;
- esperen a sentirse seguros para utilizar el arenero.
No es una conducta anómala.
Es una estrategia evolutiva de supervivencia.
¿Por qué por la noche cambia completamente?
Este es uno de los aspectos más interesantes del caso.
Durante el día el gato permanece apagado.
Por la noche aparece un animal completamente distinto.
Desde un punto de vista etológico esto puede explicarse por varios factores.
1. Disminuyen los estímulos
La vivienda está en silencio.
Hay menos personas.
Desaparecen los ruidos.
El gato percibe un entorno más seguro.
2. Los gatos son animales crepusculares
Aunque muchas personas dicen que son nocturnos, técnicamente no lo son.
Su máxima actividad aparece al amanecer y al anochecer.
Por ello resulta perfectamente normal que un gato aumente su actividad cuando cae la noche.
3. Comienza la exploración territorial
Los maullidos nocturnos pueden formar parte de la exploración del nuevo entorno.
Está intentando comprender dónde se encuentra.
4. Detecta la presencia de otros gatos
Aunque nunca llegue a verlos.
Los gatos poseen un olfato extraordinariamente desarrollado.
Perciben la presencia de otros individuos mediante partículas olorosas que quedan en el ambiente.
Un simple espacio bajo una puerta es suficiente para intercambiar una enorme cantidad de información química.
Eso puede explicar los bufidos.
No necesariamente indican agresividad.
En muchas ocasiones representan incertidumbre.
¿Por qué hace pocas deposiciones durante el día?
Esta observación también tiene interés.
Un gato que no se siente completamente seguro puede retrasar voluntariamente tanto la micción como la defecación.
Desde un punto de vista evolutivo tiene sentido.
Eliminar supone dejar información química sobre uno mismo.
Mientras el entorno no resulte completamente seguro, algunos gatos prefieren esperar.
Por supuesto, esto tiene límites.
Un gato que deja de orinar durante más de 24 horas requiere atención veterinaria urgente.
¿Qué debemos hacer como cuidadores?
Nuestro trabajo no consiste en obligar al gato a adaptarse rápidamente.
Consiste en crear las condiciones para que sea él quien decida hacerlo.
Algunas medidas sencillas pueden marcar una gran diferencia.
- Mantener siempre la misma habitación durante toda la estancia.
- Evitar visitas innecesarias.
- Respetar sus periodos de descanso.
- Ofrecer varias pequeñas comidas húmedas al día.
- Añadir algo de agua a la comida si la acepta.
- Mantener varios recipientes de agua fresca.
- Evitar cambios bruscos de rutina.
- Hablar en voz baja.
- No forzar nunca el contacto físico.
- Vigilar diariamente cuánto come, cuánto bebe, cuánto orina y cuánto defeca.
La importancia de observar antes de interpretar
Una de las grandes lecciones que nos enseñan los gatos es que el comportamiento nunca aparece aislado.
Siempre forma parte de un contexto.
Dolor.
Inflamación.
Náuseas.
Estrés.
Territorio.
Rutinas.
Experiencias previas.
Todo influye.
Por eso, reducir un problema a frases como «es un gato raro», «es muy suyo» o «es un persa caprichoso» supone perder la oportunidad de comprender lo que realmente está intentando comunicar.
Nuestra conclusión en Patas Bien Cuidadas
Cuando un gato deja de comer, cambia sus horarios, maúlla por la noche o modifica sus hábitos de eliminación, la pregunta nunca debería ser:
«¿Qué le pasa en la cabeza?»
La pregunta correcta es:
«¿Qué está intentando decirnos su organismo?»
Solo cuando comprendemos primero su estado físico, después su estado emocional y, finalmente, su relación con el entorno, podemos ofrecerle el cuidado respetuoso que merece.
Porque detrás de cada conducta existe una historia.
Y detrás de cada historia hay un animal que confía en que alguien se detenga a observar antes de juzgar.

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