¡Cuánto cuesta creer en la humanidad!

Hands holding seedling plant with soil at sunrise in field

Dedicado a Murphy. El podenco con lo ojos oscuros más bonitos del mundo. Y a su hermana Molly. Se me ha concedido la suerte de estar a su lado por un tiempo en esta vida.

Soy María Teresa Vilariño Picos y hoy tengo el corazón un poco más roto y herido.

Pero les agradezco a mis padres, abuelos, hermanos, cuñados, hijos, marido, sobrinos, primas, tíos, amigas y animales no humanos adoptados, e incluso a mis alumnos, cada momento que me han regalado de alegría. También a las personas que creen en lo que yo creo. Que esta tierra no nos pertenece. Tenemos la suerte, o el regalo, de que se nos haya cedido, pero no por ello es nuestra.

Hoy quiero hacer un llamamiento con mi nombre y apellidos. Da igual mi currículo. No soy mis títulos. De eso sabe mucho Internet. Pero tampoco soy nadie a la que haya que despreciar con egolatría y prepotencia. Soy simplemente una más de vosotras y vosotros.

Hay días en los que simplemente resulta difícil creer en la humanidad. Estos días han pasado a generalizarse.

Días en los que una abre las noticias y siempre encuentra guerras, hambre, abandono, crueldad y destrucción. Ya no abro las noticias. Días en los que vemos animales maltratados, bosques arrasados, mares llenos de plástico y personas incapaces de sentir compasión por el sufrimiento ajeno.

A veces, cada vez más, me pregunto qué hemos hecho con este planeta.

¿Cómo hemos llegado a convertir un mundo lleno de belleza en un lugar en el que tantos seres vivos luchan simplemente por sobrevivir?. ¿Cómo hemos normalizado el dolor de los más débiles?. ¿Cómo hemos llegado a pensar que todo nos pertenece y que podemos disponer de la tierra, de los ríos, de los bosques y de los animales no humanos, también de los humanos, como si fueran objetos?.

Y, sin embargo, cuando estoy a punto de perder la esperanza, aparece un perro anciano que sigue moviendo su cola, a pesar de sus dolores, o una persona que rescata un animal abandonado. Y aparece alguien que comparte su comida, su tiempo o su cariño con otro ser vivo.

Entonces recuerdo que la humanidad no es solo aquello que destruye.

También es aquello que protege.

No todos los seres humanos son responsables de la devastación que vemos. También existen quienes cuidan, quienes curan, quienes alimentan, quienes rescatan, quienes luchan por los que no tienen voz.

Quizá la pregunta no sea si debemos creer o no en la humanidad.

Quizá la pregunta sea qué tipo de humanidad queremos ser.

Cada vez que recogemos a un animal abandonado, que plantamos un árbol, que evitamos un sufrimiento innecesario o que enseñamos a un niño o a una niña a respetar la vida, estamos eligiendo.

Estamos diciendo que otro mundo es posible.

La vida no pertenece solo a nuestra especie. Compartimos este planeta con millones de seres vivos que sienten, sufren, aman, temen y desean seguir viviendo. Tenemos una responsabilidad hacia ellos.

Por eso hoy quiero hacer una llamada a la lucha.

No una lucha basada en el odio o en la confrontación, sino en la compasión en el sentido más budista.

La lucha por la vida.

La lucha por los animales abandonados.

La lucha por los bosques, los océanos y los ríos.

La lucha por una forma más amable de estar en este mundo tan adverso.

Quizá una sola persona no pueda cambiar el planeta.

Pero puede cambiar el mundo de un animal.

Puede aliviar un sufrimiento.

Puede sembrar una semilla.

Puede ser un refugio.

Y a veces eso basta para mantener viva la esperanza.

Porque mientras exista alguien dispuesto a proteger la vida, todavía habrá motivos para seguir creyendo en ella. Y, si piensas que todo esto es demagogia, quizá tendrás que dedicar un momento a detenerte, respirar y pensar un poco. Si ya no eres capaz, intenta no generar sufimiento innecesario.

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