Sir Pumuki y la Orden del Cepillo Sagrado

Hay perros que toleran que los cepillen.

Hay perros que lo soportan con resignación.

Hay perros que huyen en cuanto ven aparecer un peine.

Y luego estaba Sir Pumuki.

Sir Pumuki no aceptaba ser cepillado.

Lo exigía.

Lo consideraba un derecho fundamental.

Una necesidad básica.

Una actividad espiritual.

Posiblemente una religión.

Todavía hoy sospecho que habría firmado un tratado internacional para garantizar varias sesiones semanales de cepillado obligatorio.

Pumuki era grande.

Muy grande.

Tan grande que cuando entraba en una habitación no parecía llegar un perro.

Parecía llegar mobiliario adicional.

Un sofá con patas.

Una alfombra autónoma.

Un pequeño mamut particularmente simpático.

Y, sin embargo, jamás fue consciente de su tamaño.

Como ocurre con muchos gigantes bondadosos, estaba convencido de ser una criatura delicada.

Una especie de mariposa dorada.

Por eso consideraba perfectamente razonable apoyar sus treinta y tantos kilos sobre las piernas de cualquier persona que estuviera sentada.

A sus ojos aquello era una muestra de afecto.

A los ojos de la víctima podía parecer un accidente laboral.

Pero nadie se lo reprochaba.

Porque resultaba imposible enfadarse con Pumuki.

Poseía una de esas sonrisas que hacen creer en la bondad universal.

Y una mirada tan limpia que parecía incapaz de imaginar una mala intención.

Si Zeta era una princesa, Pumuki era un caballero medieval.

Uno de esos que salen en los cuentos para rescatar aldeanos.

Solo que él prefería rescatar pelotas.

Y galletas.

Sobre todo galletas.

Sentía una devoción absoluta por su hermana pequeña.

Aunque jamás lo habría reconocido.

Los hermanos mayores rara vez reconocen esas cosas.

Simplemente aparecen cuando hace falta.

La buscaba.

Dormía cerca.

Y mantenía bajo control cualquier situación que pudiera alterar el orden natural del universo.

Que, para Pumuki, consistía en tres principios básicos:

Comer.

Dormir.

Y recibir caricias.

No necesariamente por ese orden.

Su relación con el cepillo merece un capítulo aparte.

Bastaba que alguien pronunciara la palabra mágica para que apareciera inmediatamente.

No importaba dónde estuviera.

No importaba qué estuviera haciendo.

Podía encontrarse investigando un arbusto a cincuenta metros.

Desaparecía.

Y reaparecía junto al cepillo con una puntualidad que habría impresionado a un reloj suizo.

Después comenzaba el ritual.

Se tumbaba.

Suspiraba.

Cerraba los ojos.

Y adoptaba una expresión de felicidad trascendental.

Una mezcla entre monje budista y jubilado en un balneario.

Durante aquellos minutos alcanzaba un estado de paz tan profundo que parecía levitar.

Creo sinceramente que si los humanos encontráramos algo que nos hiciera tan felices como un cepillo hacía feliz a Pumuki, el mundo sería un lugar mucho más tranquilo.

Con los años comprendí que algunos perros dejan huella por sus aventuras.

Otros por sus travesuras.

Otros por sus rarezas.

Pumuki dejaba huella por algo mucho más sencillo.

Porque era bueno.

Profundamente bueno.

Y en un mundo donde todo el mundo intenta destacar, ser importante o llamar la atención, aquella bondad tranquila resultaba extraordinaria.

Por eso, cuando pienso en él, no recuerdo carreras.

Ni ladridos.

Recuerdo aquella enorme cabeza apoyándose suavemente sobre una rodilla.

Aquella mirada serena.

Aquella felicidad absurda provocada por un cepillo.

Y aquella sensación permanente de estar acompañado por alguien que no deseaba nada más que compartir contigo un rato de sol.

Y alguna galleta.

Preferiblemente varias.