Durante muchos años pensé que cuidaba perros.
Era una idea razonable.
Les daba de comer.
Les llenaba los bebederos.
Recogía pelos que aparecían misteriosamente en lugares donde jamás había habido perros.
Les abría puertas.
Les cerraba puertas.
Les volvía a abrir las mismas puertas treinta segundos después porque habían cambiado de opinión.
En definitiva, realizaba todas las tareas propias de una cuidadora responsable.
Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a sospechar que la situación era exactamente la contraria.
No era yo quien cuidaba perros.
Eran ellos quienes me vigilaban a mí.
Siempre había alguno observando.
Uno desde la alfombra.
Otro desde el sofá.
Otro desde debajo de la mesa.
Y alguno especialmente dedicado que me seguía incluso al baño para asegurarse de que no desaparecía misteriosamente por el desagüe.
Los perros saben cosas.
Saben cuándo estás triste, aunque sonrías.
Saben cuándo estás enferma, aunque no digas una palabra.
Saben cuándo estás cansada.
Y saben, sobre todo, cuándo acabas de abrir una bolsa de comida a tres habitaciones de distancia.
A lo largo de estos años han pasado por mi casa perros grandes, pequeños, ancianos, cachorros, valientes, tímidos, aristócratas, vagabundos del espíritu y filósofos de sofá.
Algunos llegaron para unos días.
Otros para unas semanas.
Todos dejaron algo.
Un pelo.
Un recuerdo.
Una enseñanza.
O una zapatilla irreparable.
Por respeto a sus familias, los nombres de los perros y de sus tutores han sido cambiados.
Sospecho que muchos se reconocerán. No quiero hablar de sus tutores y tutoras. Solo de ellos. Este es su espacio.
Porque hay cosas imposibles de ocultar.
Por ejemplo, un teckel que roba empanada.
Un golden que sonríe como una estrella de cine.
O un anciano de quince años que sigue convencido de que mañana será un gran día.
Estas son sus historias.
Y también, un poco, la mía.
