Don Murmurio y la República de los Viejos

Cuando Don Murmurio llegó a Patas Bien Cuidadas ya había vivido varias vidas.

Había sido cachorro.

Había sido joven.

Había corrido detrás de pelotas.

Había perseguido pájaros.

Había hecho agujeros que jamás reconoció haber excavado.

Había roto cosas.

Había aprendido cosas.

Y había amado mucho.

Ahora tenía una edad que los perros no suelen revelar por educación.

Cuando alguien preguntaba cuántos años tenía, Don Murmurio desviaba la mirada hacia el horizonte con expresión filosófica.

Era una manera elegante de decir:

—Los suficientes.

Los perros jóvenes corrían.

Saltaban.

Giraban sobre sí mismos.

Entraban y salían de la casa como si estuvieran entrenando para unas olimpiadas secretas.

Don Murmurio observaba todo aquello tumbado sobre una manta.

A veces parecía dormido.

Pero no lo estaba.

Los perros ancianos desarrollan una habilidad extraordinaria.

Parecen dormidos mientras controlan absolutamente todo.

Sabía quién había bebido agua.

Quién estaba intentando robar comida.

Quién fingía estar enfermo para recibir más caricias.

Y quién acababa de cometer alguna trastada.

No necesitaba levantarse.

Simplemente lo sabía.

Era una especie de sabiduría acumulada en casi diecisiete años de observación canina.

Su caminar también había cambiado.

Ya no corría.

Ya no tenía prisa.

Cada paso parecía cuidadosamente elegido.

Como si el suelo mereciera respeto.

Como si cada día fuera un regalo demasiado valioso para desperdiciarlo corriendo.

Los humanos solemos equivocarnos con los perros viejos.

Pensamos que han perdido cosas.

Velocidad.

Fuerza.

Resistencia.

Pero muchas veces han ganado otras.

Paciencia.

Ternura.

Comprensión.

Y una enorme capacidad para disfrutar de lo esencial.

Un rayo de sol.

Una mano amiga.

Un rincón cómodo.

Un olor conocido.

Una voz querida.

Don Murmurio podía pasar media hora contemplando una mariposa.

Y parecía perfectamente feliz.

Una tarde apareció un cachorro lleno de energía.

Una criatura con patas demasiado largas para su cuerpo y un entusiasmo peligroso para cualquier objeto frágil.

El pequeño descubrió a Don Murmurio y decidió que debían ser amigos inmediatamente.

Los cachorros son así.

No creen en los procesos graduales.

Corrió hacia él.

Le dio vueltas.

Le mordisqueó las orejas.

Le pisó una pata.

Le pasó por encima tres veces.

Y terminó aterrizando sobre su cola.

Todos contuvimos la respiración.

Cualquier perro podría haberse enfadado.

Don Murmurio abrió un ojo.

Lo miró.

Suspiró.

Y volvió a cerrarlo.

Aquello fue todo.

La mayor lección de paciencia impartida en la historia de la finca.

El cachorro tardó varios días en comprender que aquel anciano no era aburrido.

Era sabio.

Y cuando finalmente lo entendió comenzó a acostarse a su lado.

A observar.

A descansar.

A aprender.

Porque los perros viejos enseñan sin hablar.

Simplemente existiendo.

Los humanos tampoco entendemos siempre a los ancianos.

Vivimos obsesionados con lo nuevo.

Con lo rápido.

Con lo que empieza.

Y olvidamos el inmenso valor de quienes han recorrido el camino antes que nosotros.

Don Murmurio me enseñó algo que nunca olvidaré.

La vejez no siempre es una derrota.

A veces es una forma distinta de estar en este mundo.

Más lenta.

Más tranquila.

Más consciente.

Más agradecida.

Cuando el sol comenzaba a ponerse y la finca quedaba envuelta en aquella luz dorada de los atardeceres de verano, Don Murmurio levantaba la cabeza y observaba el horizonte.

Nunca supe qué veía.

Quizás recordaba a personas que había amado.

Quizás recordaba lugares.

Quizás simplemente disfrutaba del aire fresco.

Pero siempre tenía la misma expresión.

La de quien sabe que la felicidad no consiste en tener más días.

Sino en llenar de vida los días que uno tiene.

Y por eso, aunque los perros jóvenes gobernaban los caminos, las carreras y los juegos, todos sabíamos quién era el verdadero rey de la finca.

Aquel anciano de hocico blanco.

Aquel caminante pausado.

Aquel maestro silencioso.

Don Murmurio.

Presidente vitalicio de la República de los Viejos.