Las canciones de la tierra

Título original: Fedrelandet

Año: 2023

Duración: 91 min.

País

Noruega

Noruega

Dirección:

Margreth Olin

Guion:

Margreth OlinReparto

Documental, Intervenciones de: Jørgen MykløenMagnhild Kongsjord MykløenMúsica

Rebekka Karijord

Fotografía

Lars Erlend Tubaas Øymo

Compañías

Speranza Films A/S. Distribuidora: Norsk Filmdistribusjon

Género: Documental | FamiliaNaturaleza

The Song of Earth, producida por Liv Ullmann y Wim Wenders, pertenece a esa rara estirpe de obras que buscan acompasar la respiración del espectador con la de la tierra.
Desde el inicio, el gesto es mínimo y, sin embargo, radical: un hombre sale al exterior sin negociar con el clima, se sienta, camina, sonríe. No hay épica, no hay desafío; hay una aceptación casi antigua, como si el cuerpo recordara algo que la vida contemporánea ha olvidado. Esa serenidad —que no es pasividad, sino una forma de escucha— tiñe toda la película.
Uno de los momentos más reveladores llega en ese plano —minuto 52:05— en el que la imagen se escinde en dos: a la izquierda, la plenitud verde de los árboles vistos desde arriba; a la derecha, la devastación, troncos abatidos que ya no son bosque sino resto. No es un contraste didáctico, sino una herida visual: la coexistencia de dos tiempos, de dos maneras de entender la naturaleza. Allí la película deja de ser contemplativa para volverse incómoda, sin necesidad de subrayar nada.


La atención al detalle —esas gotas que cubren el cuerpo diminuto de un saltamontes— introduce otra escala, otra ética de la mirada. Filmar estos mínimos detalles implican tiempo, paciencia, una vigilancia amorosa.
Hay algo profundamente enigmático en la conducta de los animales: los alces avanzando en fila, uno detrás de otro, como si obedecieran a una lógica invisible que los humanos ya no alcanzamos a entender. Frente a la inmensidad del paisaje, esa frase resuena con una sencillez devastadora: «si no caminas demasiado rápido y miras a tu alrededor, tienes la sensación de que somos muy pequeños en un mundo muy grande».


El agua —pura, cristalina— no es solo un motivo visual, sino un principio de pensamiento. Escuchar, ver, demorarse: el film propone un regreso que no es nostálgico, sino corporal. Regreso al hogar, a los padres, a una memoria que no se archiva en palabras sino en gestos repetidos a lo largo de las estaciones.
Los glaciares aparecen como rostros, como piel. Sus arrugas dialogan con las del ser humano, estableciendo una continuidad silenciosa entre lo geológico y lo biográfico. El deshielo no es solo un fenómeno climático: es también una forma de pérdida íntima, una disolución de aquello que parecía eterno.
Aire, sonido, aurora boreal: la película compone una sinfonía donde la música —discreta, casi orgánica— parece surgir del propio paisaje más que imponerse sobre él. La música respira.
Y entre todo ello, lo que permanece es la ternura: las caricias, los animales, la infancia que no desaparece del todo. Hay una insistencia en lo pequeño —abejorros, arañas, búhos, perros, flores— que termina construyendo una ética del cuidado: amar la tierra no como abstracción, sino como contacto.
Las canciones de la tierra no es un alegato ni un lamento, sino más bien, una forma de atención radical. Una película que no nos pide que entendamos, sino que estemos. Y en ese estar —lento, vulnerable— quizá se abra la posibilidad de otro modo de vivir.

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