Dersú Uzalá (El cazador) (1975)

Akira Kurosawa

Maksim MunzukYuriy SolominSvetlana Danilchenko …

Tú, mi águila de alas grises,
¿Dónde has volado tanto tiempo?
Volé sobre las altas montañas,
donde había silencio.

Hay algo que, a primera vista, podría parecer una contradicción y que, sin embargo, constituye uno de los núcleos más profundos de Dersú Uzala: Dersú es cazador. ¿Cómo puede alguien que reconoce al sol, a la luna, al fuego y a los animales como “gente” darles muerte?
La película no esquiva esa tensión, sino que la aborda con una delicadeza extraordinaria. Dersú caza, sí, pero nunca desde la violencia gratuita ni desde el dominio. Su gesto se rige por una ética ancestral: solo toma lo necesario, agradece, respeta. No hay en él rastro de superioridad sobre lo que mata, porque no se sitúa fuera del ciclo, sino dentro. En ese sentido, su caza no es negación de la naturaleza, sino participación en ella. Muy distinto de aquellos —los hombres que llegan de fuera— que matan por impulso o por desconocimiento. Ahí la película establece una diferencia esencial entre vivir y explotar.

Maksim Munzuk & Yuriy Solomin

Y es precisamente esa forma de vivir en la taiga la que se revela imposible en la ciudad. Uno de los momentos más desgarradores de la película de Akira Kurosawa es cuando Dersú se traslada a la ciudad. Allí, en donde todo parece organizado, protegido, civilizado, él se va apagando. No comprende por qué la gente vive encerrada, por qué no escucha el mundo, por qué no necesita mirar el cielo. Su cuerpo parece desorientado, como si le faltara algo esencial. Se convierte —y la imagen es precisa y dolorosa— en un leño seco: alguien arrancado de su medio, privado de su savia.
No es solo incomodidad: es desarraigo ontológico. Dersú no puede traducirse a ese mundo porque ese mundo ha dejado de reconocer aquello que para él es evidente: que la vida no está en las cosas, sino entre ellas, en la relación sintoísta con los kami o espíritus de la naturaleza. En la ciudad, todo está separado; en la taiga, todo está vinculado. Y él pertenece a ese tejido invisible.
En medio de esa fractura, la película ofrece una de las representaciones más bellas de la amistad que ha dado el cine: la que une a Dersú con el capitán. No es una amistad sentimental ni idealizada, sino construida desde el reconocimiento mutuo. El capitán aprende a mirar a través de Dersú; Dersú, a su manera, confía en ese hombre que coordina un equipo. Entre ambos se establece un vínculo que cruza lenguas, culturas y formas de entender el mundo. Hay respeto, cuidado, incluso una forma de amor silencioso.

Maksim Munzuk & Yuriy Solomin

Quizá por eso Dersu Uzala duele tanto. Porque no solo nos muestra a un hombre que no puede adaptarse, sino que nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿quién está realmente desajustado? ¿Dersú, que no entiende la ciudad, o nosotros, que hemos dejado de entender el bosque?
Al final, lo que queda no es solo la ternura inmensa que despierta ese ser “enniñecido”, sino la sensación de haber asistido a la pérdida de algo irreparable. Como si, al irse Dersú, se apagara también una manera de estar en el mundo que ya casi no sabemos nombrar.

María Teresa

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