Creo que hace tiempo que no me sentía tan feliz.
Hay viajes que no se miden en kilómetros, sino en vínculos.
La llamada Operación agapornis —un traslado solidario desde Vallecas hasta Cangas del Narcea— fue, ante todo, una red de cuidados tejida entre personas que, en muchos casos, ni siquiera se conocían entre sí, pero compartían algo esencial: la convicción de que la vida, incluso la más pequeña, merece ser acompañada.
En Madrid, mi hermana, mi cuñado y mi sobrino nos ofrecieron algo más que alojamiento: nos dieron hogar. Melissa y su padre confiaron en nosotras al entregarnos a los tres protagonistas de este viaje. En Cangas del Narcea, Diana y sus hijas aguardaban con la delicadeza de quien recibe algo valioso. Y, como un latido constante, mi familia —a través de un grupo de WhatsApp— sostuvo el trayecto con mensajes, preguntas y afecto.
A mi lado, durante todo el camino, mi madre.
Con sus risas, sus historias, sus pequeños reproches, sus consejos, su manera única de estar. Y, sobre todo, con esa forma silenciosa y firme de cuidar que no se aprende: se es.
Y cómo no nombrar a Blanca —mi coche—, con sus 280.000 kilómetros, que volvió a demostrar que la resistencia también es una forma de lealtad.
El viaje
Salimos de Madrid el sábado 21, a las doce y media del mediodía.
Nos acompañaban tres agapornis: una hembra —delicada, atravesando un prolapso— y sus dos pequeños, machos, aún en ese estado frágil y luminoso de los comienzos.
Fueron transportados con todas las garantías: sujeción adecuada, pausas regulares, atención constante. No hubo prisa. Nunca la hay cuando lo importante es llegar bien.
Durante el trayecto, algo inesperado ocurrió: los pájaros nos acompañaron.
Con sus trinos, con pequeños sonidos que parecían comentarios, con una presencia viva que transformó el viaje en algo más que un desplazamiento. Había momentos en los que parecía que pedían parar, tomar aire, sentir el sol. Y la hembra… la hembra cantó casi todo el camino, como si supiera que estaba yendo hacia un lugar donde podría seguir viviendo.
Atravesamos las montañas de Leitariegos —una belleza que no conocía— y, hacia las siete de la tarde, llegamos a Cangas del Narcea. Allí esperaban las nuevas tutoras de Isis, Helios y Hermes.
Sí, ya tenían nombre. Y eso, en sí mismo, ya era una forma de destino.
Sobre los transportes solidarios
Este tipo de viajes no es una improvisación romántica.
Es un acto de responsabilidad.
Un transporte solidario exige planificación, conocimiento y, sobre todo, un compromiso absoluto con la seguridad del animal no humano. No se trata solo de llevar de un punto a otro: se trata de garantizar su bienestar durante todo el trayecto.
Esto implica:
- Transportines adecuados, ventilados y seguros.
- Sujeción firme dentro del vehículo.
- Paradas planificadas, evitando estrés y cambios bruscos.
- Atención constante a signos de fatiga, miedo o malestar.
- Adaptación del ritmo del viaje al animal, no al revés.
- Permisos adecuados.
Porque la diferencia entre un gesto bonito y un gesto ético está ahí: en cómo se cuida cada detalle.
Los transportes solidarios son necesarios. Permiten reencuentros, rescates, segundas oportunidades. Pero solo tienen sentido cuando están contagiados por el respeto profundo hacia la vida que se transporta.
Sobre las jaulas y los límites
Hay algo que este viaje me volvió a recordar, con una claridad incómoda: los animales no nacieron para vivir en jaulas.
Y, sin embargo, la realidad es más compleja de lo que a veces queremos admitir.
Hay jaulas que protegen, que curan, que salvan temporalmente. Hay transportines que son tránsito, no destino. Hay situaciones en las que el encierro breve evita un daño mayor.
Pero una cosa es el cuidado y otra muy distinta la normalización del límite como forma de vida.
Quizá la pregunta no sea si una jaula es buena o mala, sino cuánto tiempo permanece abierta.
Si es un lugar de paso o un lugar definitivo.
Si responde a una necesidad real del animal… o a nuestra comodidad.
Cuidar, a veces, es también incomodarse.
Y aprender a mirar la vida de los animales más allá de lo que siempre se ha hecho.
Tal vez en otro momento me detenga a pensar en esto con más calma: en cuánto viven los gatos de colonia, los de casa, los que sobreviven en la calle… y qué nos dice eso, en realidad, sobre nuestras formas de cuidado.
El regreso
Quizá, visto desde fuera, todo esto no encaje en lo que se considera “lógico”.
Pero hay experiencias que no necesitan justificarse.
El regreso fue otra aventura: un recorrido casi intacto, ecológico, desde Cangas del Narcea hasta A Fonsagrada, entre curvas infinitas y montañas que se elevaban hasta los 1350 metros. Un paisaje que obligaba a ir despacio, a mirar, a estar.
Y, al final de todo, queda lo esencial.
La imagen que guardo —y que dejo como testimonio— es la de la persona a la que más quiero: mi madre.
La más sensata, la más fuerte, la más viva.
Porque, en realidad, este viaje no trataba solo de llevar a tres pequeños pájaros a su nuevo hogar.
Trataba de recordar quiénes somos cuando cuidamos de los demás seres sintientes.


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