El Fenómeno Therian: Identidad Animal y Juventud

Ayer, en una comida familiar, mi hermano me preguntó qué pensaba sobre la quedada de therians en A Coruña.

Mi respuesta fue inmediata:

—¿Qué?

No entendía lo que me estaba preguntando.

Tuvo que repetírmelo varias veces. Explicarme el término. Decirme que eran jóvenes que se identificaban con animales, que organizaban encuentros, que llevaban máscaras, colas, que se movían como lobos o zorros en parques urbanos.

Lo escuché con una mezcla de sorpresa y desconcierto. No tanto por la existencia del fenómeno —la historia cultural está llena de metamorfosis— sino por el hecho de que yo, que trabajo desde hace años con animales y con jóvenes, no hubiera registrado su presencia en mi horizonte inmediato.

Y entonces comenzó la pregunta.

No la pregunta sociológica superficial.
No la pregunta burlona.
Sino otra más lenta:

¿Qué está ocurriendo en nuestra cultura para que tantos jóvenes necesiten identificarse simbólicamente como animales?

I. No es nuevo: la larga historia del deseo de convertirse en animal

Conviene empezar por desmontar el gesto de escándalo. El deseo humano de transformarse, convertirse o ser animal es tan antiguo como el mito.

En el chamanismo, el tránsito hacia la figura animal no era una fantasía infantil, sino un dispositivo cosmológico. El chamán no “jugaba” a ser lobo, sino que atravesaba simbólicamente la frontera entre especies para reordenar el mundo. El animal era mediador, no disfraz.

Claude Lévi-Strauss señaló en Le totémisme aujourd’hui (1962) que los animales son “buenos para pensar”. Funcionan como operadores estructurales de diferencia. No son proyecciones sentimentales, sino categorías que permiten organizar lo real.

La diferencia con el fenómeno contemporáneo es sutil pero decisiva:

En las culturas tradicionales, el animal estructuraba el mundo.
En la cultura digital, el animal parece estructurar la identidad individual.

II. La cultura audiovisual y la estética de la fusión

No podemos ignorar la influencia del imaginario cinematográfico. Películas como La princesa Mononoke o Avatar han construido una narrativa poderosa de fusión armónica entre humano y naturaleza. Series como Teen Wolf han presentado la transformación animal como metáfora de autenticidad y fuerza interior.

Estas obras no son culpables de nada. Pero sí han sedimentado una estética: la del animal como refugio frente a la violencia del mundo humano.

Donna Haraway advertía en When Species Meet (2008) del peligro de fantasear con una simbiosis sin resto. El problema no es el vínculo interespecie, sino la ilusión de disolver la diferencia.

Cuando el animal se convierte en extensión emocional del sujeto, deja de ser otro.

Y ahí comienza la cuestión ética.

III. Antropomorfismo invertido

Tradicionalmente hemos proyectado rasgos humanos sobre los animales: nobleza, fidelidad, maldad, traición. Ese es el antropomorfismo clásico.

El fenómeno therian parece operar una inversión: no solo humanizamos al animal, sino que desplazamos nuestra identidad hacia él.

Pero el lobo real no es el lobo simbólico.

El lobo biológico es jerarquía, territorialidad, cooperación y conflicto. No es metáfora de libertad adolescente.

Jacques Derrida, en L’animal que donc je suis (2006), nos recordó que hablar de “el animal” en singular ya implica una violencia conceptual. Reducimos la pluralidad de lo viviente a un espejo de nuestra autocomprensión.

El riesgo no es que un joven se ponga una máscara de zorro.
El riesgo es olvidar que el zorro no es una máscara.

IV. Juventud y malestar

Aquí es donde mi preocupación se vuelve más personal.

Trabajo con jóvenes. Escucho su ansiedad, su cansancio, su dificultad para vivir en el mundo que les ofrecemos. Veo la presión de la autoexposición permanente, la obligación de definirse, de narrarse, de performarse en redes.

Byung-Chul Han ha descrito en La sociedad del cansancio (2010) cómo el sujeto contemporáneo ya no está oprimido desde fuera, sino que se autoexplota en un régimen de positividad obligatoria.

En ese contexto, lo animal aparece como alternativa imaginaria.

El animal no se explica.
No rinde cuentas.
No necesita branding personal.

Quizá convertirse en animal sea una forma de escapar de la tiranía de la identidad obligatoria.

Pero si esa fuga se vuelve necesaria para sentirse habitable, entonces la pregunta no debe dirigirse a los jóvenes, sino a nosotros.

V. Entre estética y ética

No me interesa condenar el fenómeno. Tampoco trivializarlo.

Lo leo como un síntoma cultural. Lo animal ha sido siempre símbolo. El problema surge cuando el símbolo sustituye al encuentro real con la alteridad.

Desde el cuidado cotidiano —desde limpiar patas, atender alergias, interpretar señales de estrés— sabemos que amar a un animal implica aceptar que no somos lo mismo.

La ética del cuidado comienza donde termina la fantasía de fusión.

Podemos admirar al lobo.
Podemos sentir afinidad con el zorro.
Pero el respeto exige mantener la diferencia.

VI. Una inquietud final

Vuelvo a la escena inicial. La comida familiar. La pregunta de mi hermano. Mi desconcierto.

No me preocupa la quedada en A Coruña. No me preocupa la máscara.

Me preocupa el trasfondo emocional.

Si tantos jóvenes necesitan identificarse como animales, quizá sea porque no encuentran un lugar suficientemente humano en el que ubicarse.

Y esa pregunta —más que cualquier moda— es la que deberíamos tomar en serio.

Bibliografía

Derrida, Jacques. L’animal que donc je suis. Galilée, 2006.

Haraway, Donna. When Species Meet. University of Minnesota Press, 2008.

Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Herder, 2012.

Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia. Herder, 2013.

Lévi-Strauss, Claude. Le totémisme aujourd’hui. PUF, 1962.