Hay momentos en los que un perro deja de percibir el mundo como una sucesión de rostros conocidos y afectos seguros. Su cuerpo entra en un estado de activación extrema: el pulso se acelera, la atención se estrecha, el sistema nervioso toma el mando. Es en ese umbral —frágil y breve— en el que puede producirse lo que llamamos mordida por redireccionamiento.
Ocurre, sobre todo, durante una pelea o un enfrentamiento intenso entre perros. La energía emocional es tan alta que el animal pierde la capacidad de discriminar con precisión el estímulo que tiene delante. No muerde “a la persona”. Muerde lo que irrumpe en el foco, lo que aparece demasiado cerca cuando el cuerpo ya está desbordado.
Por eso estas mordidas suelen dirigirse a manos, brazos o piernas de quienes intentan separar a los perros con el cuerpo. No hay intención, no hay cálculo, no hay traición al vínculo. Hay sobrecarga.
Este tipo de mordida no define al perro como agresivo, ni anuncia un patrón futuro. Define, más bien, una situación que superó su capacidad de gestión emocional. Perros buenos, equilibrados y convivenciales pueden redirigir una mordida si el contexto es lo bastante intenso.
Qué NO hacer
Nunca:
- meter las manos entre dos perros en conflicto,
- agarrar collares o cabezas,
- abrazar para “calmar”,
- gritar o golpear.
Todo eso aumenta la probabilidad de redireccionamiento.
Qué hacer de forma más segura
La clave no es separar, sino interrumpir:
- mantener distancia corporal,
- usar un estímulo indirecto (ruido seco, agua, objeto que caiga),
- crear una barrera visual con un objeto,
- permitir que el sistema nervioso baje antes de interveni.r
Una vez separados, no castigues. Observa. Comprende el contexto. Y si hay repetición, busca ayuda profesional.
Entender la mordida por redireccionamiento es proteger a las personas y a los perros. Es evitar decisiones injustas nacidas del miedo. Y es recordar que, incluso en el conflicto, el cuerpo del perro habla antes que su voluntad.

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